Prólogo de Alberto J. Nicolás.

El mundo, decía Beridaév, ha ido en pos de las utopías, y ahora que son posibles, el problema
es cómo evitarlas, preocupación que los novelistas de este género han venido encarnando en
sus anticipaciones. La pregunta es si, en efecto, vivimos el tiempo para el cual se hicieron
aquellos pronósticos. Así lo creía Huxley cuando veía que su “mundo feliz” se encontraba
mucho más próximo de lo que había supuesto en un principio. Si esto es así, ¿somos
conscientes de lo que sucede? Según estos mismos novelistas, sólo algunos seres inadaptados,
el Salvaje en la novela de Huxley, el funcionario del Ministerio de la Verdad en el relato de
Orwell, y el ingeniero constructor del Integral en el de Zamiatin, tienen conciencia de la íntima
falsedad de su mundo. En tal caso, ¿hay alguna esperanza? Ninguna según estos relatos. El
primero acaba suicidándose, Winston Smith termina traicionando lo que más ama, y al
constructor del Integral le extirpan la fantasía volviéndole en adelante inofensivo. El drama de
estos héroes solitarios es la inutilidad de su lucha. Nadie sabe lo que el futuro nos señala. No
sabemos dónde nos va a guiar, pero lo que es muy evidente es que a menos que actuemos,
nada sucederá. Pues nada sucede al individuo que rechaza el correr un riesgo: La vida
recompensa a los que arriesgan. La vida premia a los que se rebelan. El mundo se convierte en
algo mejor cuando pensamos y luchamos por algo que creemos que es bueno y honroso.

Ed. EAS, 2015 – 139 páginas

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